Compra Cuando la duda habla

En los últimos meses el mundo entero ha enfrentado una situación complicada. El miedo, el dolor, el temor, y la desesperación están fluyendo cual rio desbordado en cada continente, en cada país, en cada región, poco a poco las calles comienzan a inundarse de ello y a vaciarse de personas.

Ante la amenaza a lo desconocido, nuestros corazones se llenan de inseguridad y temor. El no tener el control de una situación causa estragos en nuestra mente, en nuestro corazón, y en nuestra espiritualidad.

Países cerrando sus fronteras. Miles de personas varadas en aeropuertos a lo largo y ancho del planeta. Gobiernos llamando a sus connacionales a regresar a casa. Autoridades de diversos gobiernos declarando situación de emergencia. Esa es la realidad que, como humanidad, estamos enfrentando.

Las redes sociales no ayudan mucho en este clima de incertidumbre. Información va y viene como llevada por el viento. Es el mismo viento que trae a nuestras vidas incertidumbre, temor, miedo, pánico, y desesperanza.

Los medios de información nos bombardean a cada minuto con el avance de este terrible mal que está, rápidamente, invadiendo cada calle de nuestras ciudades. Facebook, Twitter, Instagram, YouTube, y así como la televisión (abierta y restringida) hacen una cobertura impresionante no sólo sobre el avance sino sobre los efectos que éste mal está trayendo.

Si tú has puesto tu fe en la persona de Cristo Jesús es normal que te preguntes ¿dónde está Dios en todo esto? Más si eres un padre de familia que vive al día. La economía comienza a tambalear. Muchos han perdido ya sus empleos debido a que empresas han tenido que cerrar sus puertas. Muchos más lo harán como consecuencia de la pandemia que estamos enfrentando.

La incertidumbre es real. La pregunta es, “¿qué hago con el temor que siento?”

Permíteme compartir contigo algunas verdades que se hablaron cientos de años atrás y cuyos efectos son reales en la actualidad. El temor y la incertidumbre son reales. Pero también lo son la paz, la confianza, y la tranquilidad. Hoy más que nunca tenemos que recordar lo que Dios habló (y continúa diciendo). La Palabra de Dios permanece para siempre.